Amanecer en Tirúa.
El frío se te seca en los huesos cuando caminas despuntando el alba en Tirúa, la niebla que comienza su reinado entrada la noche abdica lentamente dando paso a los rayos anaranjados del amanecer en el pequeño pueblo.
Yo camino preguntándome, ¿qué hago en medio de la nada antes de que el sol aparezca tras las colinas?, ¿busco algo?, ¿quizás a alguien? y tu imagen viene a mi mente tan serena y fría como las gotas de niebla moribunda que mojan mis cabellos.
No conozco las caras que caminan junto a mi, sin embargo, avanzo sin temor a través de las calles de Tirúa, para encontrarme frente a tu puerta y tu luz apagada indicándome que aún duermes.
Y yo no quiero que despiertes, sólo que sueñes, que sueñes que te visito y que me recibes, pero que no hablamos, que sólo te beso y me quedo junto a ti, con mi cabeza en tu regazo y tu sólo lloras y tu mano se desliza por mis mejillas.
Tu duermes y sigo frente a tu puerta con el sol a mis espaldas, creyendo que puedo sentir tu respiración desde donde estoy, completamente vestido para el adiós, mi maleta en la derecha y mi abrigo en la izquierda.
En Tirúa me espera el barco que sanará mis heridas y acabará el dolor llevándome lejos de tu puerta, de tu luz y tu respiración pausada y que me recuerda que ya sólo estaré para ti cuando sueñes sobre nosotros, o sólo sobre ti.
Y me alejo sin mirar atrás, navego de frente a la línea azul donde ya brilla el sol, una luz que jamás volverá a nacer para que mis ojos la contemplen, me alejo y dejo atrás tu recuerdo y el amanecer en Tirúa.
